Un café, una idea, un relato....EN FEMENINO

Un café, una idea, un relato....EN FEMENINO

Praxagora de Aristófanes

La escena representa una plaza, en Atenas, donde están la casa de Praxágora y otras dos casas. Praxágora sale de su casa disfrazada de hombre con una lámpara en la mano.
Praxágora. —...Ya empieza a clarear el día y de un momento a otro dará principio la Asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros puestos... ¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido ponerse las barbas postizas, como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse de los trajes de sus maridos?- ¡Ah! Allí veo una luz que se aproxima. Voy a retirarme un poco, no sea un hombre.
Mujer Primera. — Ya es hora de ponerse en marcha; cuando salíamos de casa, el heraldo ha cantado por segunda vez.
Praxágora. —Y yo me he pasado toda la noche en vela esperándolas. Pero... un momento; voy a llamar a esta vecina arañando suavemente su puerta, porque es preciso que su marido no note nada.
Mujer segunda. — Ya he oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no estaba dormida...
Mujer primera. —¡Ah ahí veo a Clinareta y a Sóstrata, que vienen con su vecina Filéneta.¿No ves a Melística, la mujer de Esmicitión, como viene corriendo con los zapatos de su marido? Creo que es la única que habrá podido separarse sin dificultad de su marido.
Mujer segunda.-Miren a Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano, acompañada de las mujeres de Filodoreto y Querétades.
Praxágora. — También veo a otras muchas flor y nata de la ciudad, que se dirigen hacia nosotras.
Mujer tercera. — A mí, querida mía, me ha costado un gran trabajo poder escaparme sin que me vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche por haber cenado demasiadas sardinas.
Praxágora. — Siéntense; y ya que estamos reunidas, díganme si han cumplido todo lo que acordamos en la fiesta de los Esciros.
Mujer Cuarta. — Yo he suprimido el uso de la navaja, para estar completamente velluda y no parecer en nada una mujer.
Praxágora. — ¿Traen las barbas con que dijimos que nos presentaríamos en la Asamblea?
Mujer cuarta. —¡Sí por Hécate! Yo traigo esta, que es muy hermosa.Mujer quinta. — Y yo, otra más bella que la de Epícrates.
Praxágora. — También veo que se han provisto de lo demás, pues traen calzado, bastones y ropa de hombre, como dijimos... Mientras queden estrellas en el cielo, dispongamos lo que debemos hacer, pues la Asamblea, para la que venimos dispuestas, empezará con la aurora....Debemos acometer esta audaz y grande empresa para ver si logramos tomar en nuestras manos el gobierno de la ciudad...
Mujer sexta. —¿Y cómo una asamblea de mujeres con sentimientos femeninos podrá convencer a la masa?
Praxágora. — Nada más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes sean en general los de más fácil palabra, y, por fortuna, esta condición no nos falta a nosotras.
Mujer séptima. — No sé, no sé, mala cosa es la inexperiencia.
Praxágora. — Por eso mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos. Vamos, pónganse pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado en el arte de hablar.
Mujer octava. — Pero, querida ¿Qué mujer necesita ejercitarse para eso?
Praxágora. — Ponte la barba y conviértete cuanto antes en un hombre. Aquí dejo las coronas ; ahora me voy yo también a plantar la barba, por si acaso tengo necesidad de decir algo.
Mujer segunda. — Querida Praxágora, ¡mira qué ridiculez!
Praxágora. —¿Cómo ridiculez?Mujer segunda. — Es como ponerle las barbas a unos calamares asados...
Praxágora.- ¿Quién quiere hacer uso de la palabra?
Mujer octava.-Yo
Praxágora.- Pues ponte la corona, y buena suerte.
Mujer octava.-¿Y he de hablar antes de beber?
Praxágora.-¿Qué es eso de beber?
Mujer octava.- Pues si no querida, ¿Para qué necesito la corona?
Praxágora.-Vete de aquí; allí nos hubieras hecho lo mismo.Mujer octava.-¿Y qué no beben ellos también?
Praxágora.- ¡Y dale con la bebida! Vete y siéntate; no sirves para nada.
Mujer octava.- Sí, por Zeus; mejor me hubiera valido no ponerme la barba pues, por lo que veo, me voy a morir de sed.
Praxágora.- ¿Hay alguna otra que quiera hablar?
Mujer primera.- Yo.
Praxágora.-Pues bien, corónate, que la cosa urge. Procura hablar virilmente, como es debido y bien apoyada sobre el bastón.
Mujer primera.- ...¡No! por las diosas...
Praxágora.-¡Por las diosas! ¿En qué estás pensando desdichada?
Mujer primera.- ¿Qué ocurre? Aún no te he pedido de beber.
Praxágora.- Cierto, por Zeus; pero, siendo hombre, como lo eres ahora, has jurado por las diosas.
Mujer primera.- Tienes razón, por Apolo.
Praxágora.-¡Basta pues! No daré un paso para ir a la Asamblea hasta que todo quede perfectamente ensayado...
Praxágora.- ...Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad ya que son las que limpian y administran nuestras casas.
Mujer segunda.- Muy bien, por Zeus, sigue hablando
Praxágora.- Yo demostraré que las mujeres son infinitamente más sensatas que nosotros. En primer lugar, todas según la antigua costumbre lavan la lana en agua caliente, y jamás son vistas intentando cosas nuevas. Si la ciudad de Atenas imitara esta conducta y no permitiera cosas nuevas peligrosas, ¿no tendría asegurada su salvación?... Y al entregarles el gobierno, no nos cansemos en peleas preguntando qué van a hacer, dejémoslas en libertad, que como madres que son, pondrán todo su empeño en economizar soldados... La mujer es ingeniosísima, como nadie, para reunir riquezas; y si llegan a mandar, no se engañan fácilmente, ya que ellas están acostumbradas a hacerlo. Deben seguir mis consejos y serán felices toda la vida.
Mujer primera.-¡Divina, admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar tan bien, amiga mía?
Praxágora.- Oyendo a los oradores aprendí.
Mujer primera.- Tú serás nuestro jefe.
Blépiro.- ¿A dónde se ha marchado mi mujer? Está amaneciendo y no aparece por ninguna parte. Ando a oscuras buscando mis zapatos y mi manto sin encontrarlos. Sale de su casa.
Un hombre.- ¿Quién es? ¿No eres mi vecino Blépiro? ¿Qué es eso de color marrón?
Blépiro.-Es que salí de casa con el vestido que suele ponerse mi mujer. Estuve buscando mi manto mucho tiempo y no he podido encontrarlo y mi mujer no estaba en casa.Un hombre.-¡Por Poseidón! Entonces te ocurre lo mismo que a mí. También mi mujer ha desaparecido, llevándose el manto que suelo ponerme; y no es eso lo peor, también agarró los zapatos, pues no los encontré en ninguna parte.Llega Cremes.
Blépiro.- ¿De dónde vienes?
Cremes .-De la Asamblea.Blépiro Pues qué, ¿Se ha terminado?
Cremes.- Llegué tarde y nunca había visto tantos hombres en la Asamblea.
¿Qué crees que pasa después en la historia?